La noche caía en el campamento de Tir-Quanor. Habían pasado varios días desde la llegada de Sir Draven con Vernon y el caballero oscuro. La noticia de la negativa de los enanos a unirse contra las tropas de Cecil había caído terriblemente. La desconfianza que Cecil había tratado de crear hacía Milady Qlix, también había dado sus frutos. Finalmente, tras arduas deliberaciones, habían decidido dejarla libre a condición de que se mantuviese neutral en la guerra. Lebren decía que era la mejor solución, ya que de ser ciertas las palabras de Cecil sobre ella, haría menos daño desde fuera que desde dentro. Y de ser falsas, no recibía de este modo castigo alguno.
Ahora estaban preocupados por todos los cambios que había en la guerra. Sin noticias de ataques desde la llegada del general Vortek, se preparaban para un combate en gran escala que seguramente decidiría el futuro de esa guerra. De perderse, la única resistencia contra Vortek habría sido destruida, por lo que era importante preveer hasta el último detalle, evaluar cada posibilidad. Había reunido en su tienda a sus altos mandos: Sir Draven como jefe de arqueros, Jud como jefa de infantería y el caballero oscuro como invitado.
- Maglor Vardamir murió hace varias semanas y aun no he conseguido reemplazarle como jefe de caballería. Si quieres, el puesto es tuyo, caballero oscuro.
- Gracias, Milady, pero os recuerdo que siempre he sido hombre de a pie. A lomos de un caballo no duraría ni medio segundo.
- Entonces los dirigiré yo misma, deberás sustituirme al mando de los dragones. No, no trates de negarte. Ya hace años que nos conocemos y se que puedes. Necesitan un líder, y no son fáciles de encontrar. Tu tienes el liderazgo necesario para guiarlos y la humildad necesaria como para que no se te suba a la cabeza. Además, será solo para esta batalla. Si ganamos, Tir-Quanor será libre de nuevo. Si perdemos... bueno, entonces sólo nos queda la eternidad.
- De cosas peores hemos salido, Milady. Recuerde el asedio que sufrimos la última vez que tuvimos el honor de tener al caballero oscuro la última vez. Jamás vi a nadie resistir un asedio tantísimo tiempo.
- Jud, todo es cuestión de proponérselo. Mucha gente habla de luchar como si supiese lo que realmente significa. Hasta que no pones todas tus fuerzas y sigues luchando incluso tras ser derrotado una dos, tres... mil veces, no sabes lo que es. Mientras queden fuerzas para luchar para lo que realmente importa.
- ¿Y que es lo que realmente importa, si puede saberse?
- Dejaros de filosofía, no es el momento. Hemos e decidir un plan de acción.
- Sugiero que mis tropas de infantería entren primero, tras diezmar sus defensas a base de arqueros.
- Jud, no creo que llevar la batalla a su terreno nos convenga.
- Pero podríamos simular un ataque y hacer como nos retiramos. Que nos persiguiesen y tenderles una trampa.
- La caballería podría cerrar la trampa con el resto de infantería.
- ¿Y cual sería mi labor?
- Tus dragones podrían entrar en la ciudad tras ver que el grueso del ejército de Vortek. Les cogería desprevenidos y tendríais una gran oportunidad contra ellos.
- Admito que es un buen plan, pero es arriesgado. Puede que a Jud no le de tiempo a llegar hasta la trampa. O que reciban órdenes de no abandonar el fuerte.
- No hay triunfo sin riesgo, amigo. Audaces Fortuna iuvat. Possunt quia posse videntur.
- Me vuelves loco con tus citas en latín, Lebren.
- Ni el mago más mago puede convertir el pan en pan, amigo. Estás loco desde antes que nos conociéramos.
- Ahora solo hace falta decidir el cuando dar el golpe. - dijo Jud - Soy partidaria de dar el golpe cuanto antes.
- Si, ahora está todo demasiado tranquilo.
- Es la calma que precede a la tempestad. Y no es la peor en la que nos vemos envueltos.
Sir Draven, que era el único que aún no había abierto su boca y se había limitado a asentir de cuando en cuado meditaba profundamente al ver hablar tan tranquilamente cuando se preparaba la mayor batalla que el habría vivido Parecía como si no temiesen a la muerte. Eran gente con más experiencia. Si esta no era la mayor tempestad a la que se habían enfrentado, ¿Cuál sería? Sentía una profunda admiración ya por Lebren, pero verla como trataba a Jud y al caballero oscuro, hacía extensiva su admiración hacía ellos. El aún no tenía toda esa experiencia, pero no tardaría en tenerla. Si sobrevivía, claro.
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lunes, 25 de octubre de 2010
La calma antes de la tempestad
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jueves, 7 de octubre de 2010
¡Parlamento!
En el campamento base de Tir-Quanor, reinaba una amplia expectación. Normalmente, esto sería algo normal de un día cualquiera. Pero esto no era lo de siempre. Los vigías habían dado la voz de alerta. Casi un millar de dragones cogieron sus lanzas al oír este grito de alarma. Lady Lebren se enfundo su casco rojo y cogió su espada de mandoble, cuya empuñadura estaba adornada con el motivo de una carabela humana. Estaban dispuestos a todo, preparados para cualquier cosa, cuando de repente el vigilante grito algo que no se esperaban:
- ¡Parlamento! ¡Enarbolan bandera blanca!
- ¿Puedes distinguir cuantos son? - preguntó Lebren
- ¡Dos hombres a pie! Cecil es uno de ellos. Es quien lleva la bandera.
Lebren frunció el seño, notablemente extrañada. Si de alguien no se esperaba negociación, era de Cecil. Envainó de nuevo, mientras sus hombres esperaban sus órdenes.
- ¡Descansen! Puede que sea un truco, pero hemos de respetar la bandera blanca. Veamos que se trae entre manos.
Los minutos que pasaron mientras Cecil y Kain se acercaban, transcurrían muy lentamente. La tensión en el campamento se podía respirar. Aun tras plantarse Cecil a unos pocos pasos de Lady Lebren, paso una eternidad hasta que alguno de los dos se atrevió a romper el silencio, como si estuviesen analizando todas las posibilidades y de una minuciosa partida de Ajedrez se tratara. Finalmente, fue Lady Lebren quien rompió dicho silencio, con un gesto claramente amenazador :
- ¿Se puede sabre que demonios haces aquí?
- Mi plan ha fracasado, mi terrible adversaria. Esta vez me habéis vencido, y odio reconocerlo así. - Cecil hablaba despacio, como si eligiese con cuidado cada palabra. Pero la Valkiria le ponía nervioso y se notaba.
- Palabras, palabras, huecas, faltas de contenido. Todo se lo lleva el aire. Dices mucho y no dices nada.
- Mi juego ha sido descubierto. Avisado por mis espías de que el caballero oscuro y Vernon andaban cerca, simule una discordia con Milady Qlix. Así podría colarla de espía y tratar de destruirles. Todo iba como la seda. Hasta que vosotros la capturaste y la descubristeis, ¡hijos de perra!
Cecil había ido regulando su voz hasta dar un tono entre frustración y cólera a su última frase.
- Debiste elegir un espía menos llamativo, Cecil. Pero nunca he tenido por costumbre creerte. ¿Por qué habría de hacerlo ahora?
- No te pido que me creas. Simplemente he venido a negociar su liberación. Sin su ayuda, no podremos seguir adelante en esta guerra. Y menos, si el caballero oscuro consigue convencer a los enanos de que se alíen contra mi. No, el escenario ha cambiado, ya no serias la única amenaza real en esta zona. Ya tenerte solo a ti de rival es duro sin la ayuda de Milady Qlix, pero quizás podríamos derrotaros en el campo de batalla. Pero si se os suman los enanos... ¡maldita sea! Juega duro ese maldito.
- Es una valiosa prisionera, pero ¿quien me asegura que realmente no os ha abandonado tras ser victima de tu traición? ¿No será que tratas de que su ejército también se sume a nuestra alianza?
- Su pérdida me sería demasiado valiosa como para permitirme traicionarla. No puedo seguir sin ella. Así que os ofrezco mi retirada a cambio como rescate.
Si algo no esperaba oír de labios de Cecil, era la palabra "retirada". Mientras meditaba, Cecil lanzó un saco repleto de monedas de oro hacía Lebren
- Si mi retirada no os basta, estoy dispuesto a pagar un millón en oro por recuperarla.
- Timeo danaos et dona ferentes. Vienes aquí ofreciendo mucho oro y devolvernos aquello que es nuestro y por lo que tanta sangre has derramado. Si antes desconfiaba de ti, ahora más aún.
- Estoy en tus manos, Lebren. Todo se ha perdido, haz como desees.
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jueves, 30 de septiembre de 2010
Entrevista real
En medio de esa difícil situación había que reaccionar rápido. El caballero tardó medio segundo en pensar lo correcto y no dudó un instante:
- ¡Soltar las armas! - gritó, a la vez que tiraba sus armas al suelo, lo más lejos posible de su alcance.
Sus compañeros no terminaron de comprender, pero hicieron lo mismo, confiando en que sería lo mejor.
Los soldados que habían preparado la emboscada bajaron a su altura. El que parecía el jefe los miró con indiferencia y sin articular una sola palabra, indicó a sus hombres que llevasen a los intrusos a la presencia del rey Gilliot.
- ¿¿¿HUMANOS??? - Bufó el rey al verles - criaturas abominables que se creen los señores de la tierra y que no hacen más que conducirla a la destrucción. ¿Qué hacen aquí? ¿Y por qué no los habéis matado? Sabéis que has traído la guerra y la muerte a estos lugares.
- Señor, se han rendido sin oponer resistencia - dijo el jefe de la escolta - Tiraron sus armas al vernos, sin ni siquiera luchar.
- ¿Y que habéis venido a hacer a mis tierras? Un momento, sus caras me suenan. ¿Ese no es Vernon, una de las mejores espadas de la superficie?
- Sí, majestad - contestó Vernon.
- ¿Y ese no es el terrible caballero oscuro?
- Así me llaman, majestad.
- ¿Y se puede saber por que demonios estáis en mis dominios? - grito el rey Gilliot con evidente enfado.
- Señor - Susan se adelantó a hablar - hemos venido a estas tierras buscando el ESNA, para mi padre, que se encuentra muy enfermo.
- ¡¡¡Nosotros no tenemos ESNA!!!
- ...y tras conseguirlo hace unos días nos encontrábamos para regresar a casa cuando nos encontramos la ciudad llena de soldados.
- ¡Absurdo! - bramó el rey - Si tanto necesitabais el ESNA, el caballero oscuro - dijo señalándole - tiene suficientes conocimientos de magia para teletransportarte con el ESNA a tu hogar. O, al menos, hasta la frontera.
- Eso es cierto - murmuró Azriel recordando el papel que le dio tras el incidente con Syldra.
- ¡Soltar las armas! - gritó, a la vez que tiraba sus armas al suelo, lo más lejos posible de su alcance.
Sus compañeros no terminaron de comprender, pero hicieron lo mismo, confiando en que sería lo mejor.
Los soldados que habían preparado la emboscada bajaron a su altura. El que parecía el jefe los miró con indiferencia y sin articular una sola palabra, indicó a sus hombres que llevasen a los intrusos a la presencia del rey Gilliot.
- ¿¿¿HUMANOS??? - Bufó el rey al verles - criaturas abominables que se creen los señores de la tierra y que no hacen más que conducirla a la destrucción. ¿Qué hacen aquí? ¿Y por qué no los habéis matado? Sabéis que has traído la guerra y la muerte a estos lugares.
- Señor, se han rendido sin oponer resistencia - dijo el jefe de la escolta - Tiraron sus armas al vernos, sin ni siquiera luchar.
- ¿Y que habéis venido a hacer a mis tierras? Un momento, sus caras me suenan. ¿Ese no es Vernon, una de las mejores espadas de la superficie?
- Sí, majestad - contestó Vernon.
- ¿Y ese no es el terrible caballero oscuro?
- Así me llaman, majestad.
- ¿Y se puede saber por que demonios estáis en mis dominios? - grito el rey Gilliot con evidente enfado.
- Señor - Susan se adelantó a hablar - hemos venido a estas tierras buscando el ESNA, para mi padre, que se encuentra muy enfermo.
- ¡¡¡Nosotros no tenemos ESNA!!!
- ...y tras conseguirlo hace unos días nos encontrábamos para regresar a casa cuando nos encontramos la ciudad llena de soldados.
- ¡Absurdo! - bramó el rey - Si tanto necesitabais el ESNA, el caballero oscuro - dijo señalándole - tiene suficientes conocimientos de magia para teletransportarte con el ESNA a tu hogar. O, al menos, hasta la frontera.
- Eso es cierto - murmuró Azriel recordando el papel que le dio tras el incidente con Syldra.
Mientras tanto, en la superficie las cosas no iban mucho mejor. En Tir-Quanor, la vampiresa había recibido un trato poco agradable. Había avanzado despacio, sigilosa, oculta entre las sombras hacía la ciudad vieja, tal y como Vernon había dicho. Pero Apenas puso el pie dentro, se vio reducida por demasiaos enemigos. Haciendo un desesperado esfuerzo por defenderse, mandó a tierra a tres o cuatro soldados, los cuales difícilmente volverían a levantarse jamás. Pero eran demasiados. Incluso para su descomunal fuerza sobrehumana.
La encadenaron fuertemente y la llevaron orgullosos ante su líder. La taparon para que no le diese el sol, ya que la preferían viva por si pudieran sonsacarle algo de información.
- ¡JEFA! ¡JEFA! Gritó el líder de la escolta. Hemos capturado a una espía de Cecil.
Una mujer de unos 35 años de edad, pelirroja, alta, algo gruesa, ataviada con una gruesa armadura roja se acercó. En otras circunstancias hubiera parecido una mujer tremendamente hermosa y atractiva. Sin embargo, su aspecto era terriblemente aterrador, como si fuese una furiosa diosa de la guerra.
- ¡Bravo, mis valientes dragones! Le daremos lecciones a ese bastardo de Cecil, de que no puede ir por ahí pisoteando a quien le de la gana. Puede que su ejército sea mayor que el nuestro, pero pronto se reunirá con sus antepasados. - dijo, terminando con una risa bastante macarra, que varios de sus soldados secundaron.
- Bien - dijo al cabo de unos minutos - ¡pero si es la lugarteniente de Cecil, su aliada de la noche, su sirviente alada, Milady Qlix! ¡Magnífica prisionera! Seguramente perderías algunos hombres tratando de reducirla, ¿no?
- Cuatro hombres que habremos de enterrar esta noche - dijo, descubriéndose
- Lástima, lástima. Inconvenientes de la guerra, por desgracia. Sería perfecto vivir en un mundo en paz, pero una maldita utopía. Si vis pacem, para bellum; que decían los antiguos. - Hizo una pausa, como si necesitase aclarar sus ideas - Los humanos somos así, malos por naturaleza: malos, codiciosos, envidiosos, viles, falsos, mentirosos, hipócritas, traidores... Este mundo estaría mejor sin nosotros... - hizo una nueva pausa y miró a la prisionera - Bien, podéis quitarle la mordaza. ¿Por qué te manda Cecil a ti, querida? - dijo en un tono lleno de sarcasmo.
- Cecil me ha traicionado. Ha roto nuestro acuerdo. Ya no trabajo para él. Tengo nuevos amigos.
- Amigos, ¿vos? Permitidme que lo dude. Como mucho, algún aliado nuevo. ¿Así que Cecil te ha abandonado? Puede que sea cierto y por eso ahora busques nuestra ayuda. O puede que sea tan solo una cantinela para ganarte nuestra confianza y traicionarnos finalmente. ¿Qué importa? Has causado tanto daño a esta tierra que mereces la muerte. Pero no te mataremos nosotros. Lo hará ese sol que tanto temes. ¡Destapadla!
- ¡NO! ¡Os juro que no miento! ¡Me ha enviado el caballero oscuro! ¡Está aquí, junto con su amigo Vernos y otros tres cuyo nombre no recuerdo.
- ¡Esperad! - ordenó la jefa - ¿El caballero oscuro aquí? ¿Por qué habríamos de creerte? ¿Y por qué no ha venido él en persona?
- Ha ido a los túneles en busca de los enanos, a solicitar su ayuda para poder derrotar a Cecil. Me dio algo para vos, para que vieseis que realmente vengo de su parte, pero tus hombres cayeron sobre mí antes de que pudiese mostrarlo. ¡Soltadme un instante y os lo enseñaré!
- ¿Me tomas por estúpida? Dime que es y donde lo llevas.
- Un medallón y una carta que llevo bajo la blusa.
- ¡Tú! - dijo la jefa señalando a uno de sus soldados. -¡Quítaselo y tráemelo!... Vaya, vaya, vaya - dijo examinando atentamente aquel medallón - parece que por una vez en la vida decíais la verdad. Pero deberíamos bajar a los subterráneos para ir en busca de nuestros queridos amigos, antes de alcanzar ningún acuerdo. Hasta que hablemos con el caballero oscuro o con Vernon, seréis mi prisionera. ¡Lleváosla! Pero tratadla bien. Mandad a Sir Draven a ir a por el caballero oscuro. Conoce a los enanos y no desconfiaran de él.
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